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El Resort — Cuento de Andrés Villa

 Relato publicado originalmente en 2010. Republicado y contextualizado el 25 de junio de 2026.

El Resort — Cuento de Andrés Villa

La zorra daba vueltas sin sentido en aquel claro del bosque, próximo al basurero del lujoso resort tropical. Algo se había roto en el equilibrio.

Los turistas fotografiaban atardeceres mientras, a cien metros, los trabajadores del resort comían arroz con lata. La zorra olía ambos mundos y no entendía ninguno.

Esa noche, un niño del pueblo se coló por la cerca. No para robar, para ver el mar iluminado. Lo encontraron los de seguridad. No lo golpearon, lo humillaron: "aquí no es para ustedes".

La zorra lo vio todo desde el basurero. Al amanecer, volvió a dar vueltas. Ya no buscaba comida. Buscaba salida.

¿Por qué este cuento importa en 2026?

Andrés Villa escribió "El Resort" en 2010 sobre la brecha turística en Bocas del Toro. En 2025, Panamá recibió 2.1 millones de turistas, récord histórico, mientras la pobreza en zonas turísticas subió al 27% según INEC.

La zorra del cuento es hoy el trabajador de app, el que limpia la habitación que no puede pagar.

Contexto del autor

Andrés Villa es narrador panameño de la generación barrial. Publicó en Rebeldía Social entre 2009-2012. Sus cuentos retratan la ciudad dividida sin moraleja fácil.

Lee más de la serie

¿Qué te evoca El Resort hoy? Deja tu lectura en comentarios.


Publicado con permiso del autor. Rebeldía Social es un espacio de difusión literaria.

Carta de Disculpas

Dennis A. Smith
Escritor

El fugitivo se ha escondido en el prostíbulo más famoso de la ciudad, lo han acorralado. Un agente encubierto transmite la información y reporta la ubicación a todas las unidades para que se proceda a la captura. Las órdenes son agarrarlo vivo o muerto, preferiblemente muerto por su gran peligrosidad, pues lo que ha hecho no tiene perdón, ni siquiera de Dios.


Jadeando, a punto de desfallecer, sube el último escalón del edificio, entra a un cuarto por la fuerza y cae al suelo golpeándose. La pareja que con ardientes movimientos se revuelca en la cama, salta y se separa asustada.


El hombre desnudo toma su ropa y mientras se viste maldice el lugar y la situación.

--¡Me voy de esta inmundicia!-


La mujer, encolerizada, ya que el cliente se fue sin pagar, agarra una varilla de hierro y se prepara para arremeter contra el intruso. En ese preciso momento entran varias colegas suyas y le impiden descargar su ira. Todas y cada una, hasta la dueña del prostíbulo, toman al sujeto, lo acuestan en la cama, se esfuerzan por limpiarlo con toallas y agua. Se encuentra muy cansado y malherido, ha estado escapando y escondiéndose por varios días desde que publicó ese escrito, pero ya no aguanta más.


Deseo profundamente pedirles perdón a todas las mujeres que habitan este mundo, niñas, jóvenes, maduras y ancianas, pues han sido víctimas inocentes del machismo y la ignorancia de nosotros los hombres. Hago extensible este sentimiento de forma póstuma para aquellas que ya no existen porque confiaron en que nuestra fuerza las protegería de todo infortunio; sin embargo, el infortunio les llegó con nosotros.


Nunca olvidaré las lágrimas que salieron de todas las mujeres que amé y que me amaron; yo las provoqué, aunque sentía una punzada cada vez que caían y reventaban en el suelo, me hacía sentir poderoso, hasta que vi aquellas lágrimas que me abrieron los ojos y no me han dejado vivir en paz el resto de mis días. Las de mi madre.


Los hombres queremos dominarlas, convencerlas de que somos mejores que ustedes, evitar que surjan, se superen y tengan más recursos que nosotros. Deseamos que dependan por completo, para mantener nuestro reinado autoritario, que no sean dueñas de sus vidas, de sus cosas, de sus cuerpos. Sobre todo de sus cuerpos, porque también queremos ser sus dueños. Nos matamos por el cuerpo de una mujer. Lo vemos como una máquina de placer que nos mantiene vigentes y estables, mientras ustedes nos lo obsequian como sello de un pacto de amor. Cada vez que vemos una embarazada decimos despectivamente: “Allá va una, preñada hasta las patas”.


Mientras, ellas van saboreando la sensación del poder que significa gestar a un ser humano. La verdad es que inconscientemente sentimos envidia de que esa panza no sea nuestra. Muy en lo profundo de nuestras almas sabemos que poseen la magia perfecta para mantener la vida fluyendo, para protegerla y amarla. En realidad tenemos miedo de aceptar que el control absoluto de nuestras vidas descansa en sus manos. ¿Qué machos, verdad? ¡Qué machazos! Que cuando vemos una hembra desplazarse en ese delicioso vaivén de caderas obsequiado por Dios para cazar a su presa decimos:


“Esta está buena, buenísima, para darle con ganas”. Pero no escuchas a ninguna decir varonilmente: “Esta está buena para darle con ganas amor, cariño, casa, comida, dinero, sirvienta y todas mis pertenencias”. No hay nadie tan macho así.


Mujeres del mundo: sepan que estamos conscientes de que hemos perdido la partida porque cuando hablamos deseamos que ustedes nos escuchen, cuando dormimos queremos que nos acompañen; cuando estamos tristes y solos, necesitamos de su presencia; cuando las tenemos las olvidamos y cuando no están en nuestras vidas las extrañamos.


Por eso me disculpo ante esta farsa del machismo y quiero que sepan que aunque cualquier hombre niegue todo eso, es verdad. Las amamos, no nos abandonen.


-Este ha sido el único que ha publicado la verdad, por eso todos los hombres lo están buscando para borrar su memoria, su legado y sus palabras. Sobre mi cadáver se lo llevan de este lugar- dijo la dueña del prostíbulo.

-Nos van a tener que matar a todas en este cuarto- dijo otra prostituta.

Ya va subiendo las escaleras una unidad antiterror. La noticia se ha esparcido rápido por el área y todas las mujeres salieron de sus casas con rumbo al prostíbulo.

-Yo sugiero que lo partamos en pedazos y nos lo comamos- dijo una de las mujeres-. No se lo daremos vivo, porque de todas formas ellos lo van a matar. Que muera en manos de las mujeres que defiende, mas no en las de los hombres, porque ahora y aquí, él es una más de nosotras.


Abajo, una turba de mujeres se mete al prostíbulo. La unidad antiterror llega a la puerta del cuarto y la violenta. Ancianas y niñas van subiendo las escaleras también. Entonces, el contingente armado se encuentra con el primer grupo de mujeres manchadas de rojo, expectantes.

-¡Nos lo hemos comido!- gritaron ellas al unísono.

En ese momento, la turba alcanza el cuarto y sometiendo a los guardias va sacando a todas a la vez. Una sola masa femenil abandona el edificio del prostíbulo más famoso de la ciudad ante la mirada atónita del mundo. Entre ellas, una muy maltrecha, con senos de papel, peluca mal puesta y nada gracioso caminar.


Panamá América
Suplemento Día D
El Cuento D
13 de noviembre de 2011

El árbol de la inmortalidad

Paulo Coelho
Escritor

Cuenta el poeta persa Rumi que cierto día, en una aldea del norte de lo que hoy es Irán, apareció un hombre que contaba historias sobre un árbol que daba la inmortalidad a quien comiese de sus frutos. La noticia no tardó en llegar a oídos del rey, pero antes de que este pudiera preguntar dónde se hallaba tal prodigio de la naturaleza, el viajero ya había partido.




El rey estaba decidido a hacerse inmortal, pues quería gozar de tiempo suficiente para convertir su reino en un ejemplo para todos los pueblos del mundo. Cuando era joven, había soñado con hacer desaparecer la pobreza, enseñar la justicia y alimentar a todos sus súbditos. Pero al cabo de poco tiempo se dio cuenta de que ese trabajo duraría más de una generación. Ahora la vida le daba una oportunidad y él no iba a dejarla escapar.



Llamó al hombre más valeroso de la corte y le encomendó la tarea de encontrar aquel árbol. El hombre partió al día siguiente, llevando consigo dinero suficiente para obtener información, comida y todo lo necesario para alcanzar su meta. Preguntando y ofreciendo recompensas recorrió ciudades, atravesó llanuras y escaló montañas. Los honestos respondían que ese árbol no existía, los cínicos demostraban un respeto irónico, y los trapaceros lo enviaban a lugares remotos con tal de conseguir unas monedas a cambio.



Después de muchas decepciones, el hombre renunció a su búsqueda. Pese a sentir una inmensa admiración por su soberano, iba a regresar con las manos vacías. Sabía que con ello perdería su honor, pero estaba convencido de que el árbol no existía. En el camino de vuelta, al subir una pequeña colina, recordó que allí vivía un sabio. Pensó: “no tengo esperanza de encontrar lo que buscaba, pero por lo menos puedo pedir su bendición e implorarle para que rece por mi destino”.



Al llegar frente al sabio, rompió a llorar.



-¿Por qué estás tan desesperado, hijo mío?



-El rey me encomendó la tarea de encontrar un árbol cuyo fruto nos da la vida eterna. Siempre he cumplido mis tareas con lealtad y coraje, pero esta vez regreso con las manos vacías.



-Lo que buscas existe, y está hecho del agua de la Vida que proviene del infinito océano de Dios. Tu error fue buscar una forma.



“A veces eso que buscas se llama ´árbol´, otras veces, ´sol´. Lo podemos llamar cualquier cosa que exista sobre la faz de la tierra. Para encontrar el fruto hay que renunciar a la forma y buscar el contenido.



“Cualquier cosa en la que está la presencia de la Creación es eterna en sí misma. Nada puede ser destruido; cuando nuestro corazón para de latir, nuestra esencia se transforma en la naturaleza que nos rodea. ¿Por qué detenerse en la palabra ´árbol´ y olvidar que somos inmortales? Renacemos en nuestros hijos, en el amor que manifestamos para con el mundo, en cada uno de los gestos de caridad que tenemos. Regresa y di al rey que no tiene que preocuparse por encontrar el fruto de un árbol mágico: cada actitud o decisión que tome ahora permanecerá por muchas generaciones. Pídele que sea justo con su pueblo; si hace su trabajo con dedicación, nadie lo olvidará”.

El Relato



Alberto Cabredo E.
ABOGADO Y ESCRITOR

Inició el relato con el específico propósito de lograr un cuento breve. Había imaginado la trama desde el inicio hasta el final, incluyendo la estrategia para enfrentarla. No era muy adicto a escribir sus historias en la computadora, aún prefería un lápiz o una pluma para su desarrollo. Emprendió la tarea con buen paso. Las ideas fluían con naturalidad y las iba forjando sin ninguna prisa, pero surgió el tropiezo —si es que podemos llamarle a eso un tropiezo—, y es que cuando introdujo los primeros personajes del cuento, sin su anuencia, los mismos fueron adquiriendo una presencia dominante en la obra, tanta, que el tema se fue desdibujando, a pesar de sus esfuerzos y, de repente, fueron apareciéndoles hermanos, mujeres, hijos y problemas absolutamente imprevistos. A la narración empezaron a surgirle tantos ramales como le brotan burbujas a la orilla del mar.

Trataba con tenacidad de volver a la intención primera de evitar que aquellos personajes se sintieran a sus anchas e, incluso, se dieran el tupé de generar sucesos, diálogos y ambientes que en nada se relacionaban con la historia. Se estaban apropiando, palabra por palabra, letra por letra, de la narración entera y, así, seguían surgiendo en erupción irrefrenable retruécanos que desvirtuaban la idea original del escritor.

«He perdido el control de la narración, pareciese que un tercero es el que escribe, o que los personajes están en poder de mi faena. Pero, claro, eso no puede ser, debo estar alucinando. Mi lápiz escribe con una fluidez que le es del todo ajena y el grafito va dibujando pensamientos y opiniones que me son absolutamente extraños. El fenómeno me tiene entre atónito y asustado, pero no me atrevo a detenerme, intuyo que una fuerza invisible rige mi mano, haciéndome sentir marioneta guiada por otro escritor».

Mientras la narración fluía a raudales, él permanecía clavado a la silla. Varias veces trató de levantarse, pero le fue imposible, no podía alejarse del papel. Una compulsión feroz le llevaba a la creación, a una creación que pensaba no era suya, que le sobrepasaba. La cantidad de temas se igualaba a la cantidad incontable de cuestiones y hechos entrelazados sin caos, con inteligencia y buen oficio, hasta que en un instante impreciso se descubrió reflejado en uno de los personajes. Sí, era él, estaba en la historia y las situaciones vividas resultaban las mismas suyas. A ese sujeto también le era imposible detener el relato, que se escribía sin control ni mesura, y tampoco podía levantarse de la mesa, de la silla, ni desprenderse del lápiz.

El personaje, a imagen y semejanza del escritor, estaba desprovisto de voluntad propia a consecuencia de fuerzas que aún no lograba comprender. Aquel hombre era exactamente igual a él, se repetía en los mismos sucesos y acciones como en un espejo incrustado en el cuento. La curiosidad lo acuciaba, le urgía conocer su suerte, ya que estaba viviendo en carne propia su misma trama. El relato seguía creciendo desproporcionadamente, los pasillos infinitos que tomaba cada tema le obligaban a permanecer escribiendo, escribiendo, escribiendo e, incluso, a falta de papel, continuaba el relato sobre hojas de periódico, cartuchos, tarjetas postales y cuanto documento encontraba en el escritorio. En medio de aquel frenesí narrativo, el personaje, su personaje, él mismo, escucha que llaman a la puerta de la casa. Lee con asombro que el personaje se levanta del escritorio. Él, a su vez, trata de hacerlo y, ya en pie, resuelve alejarse del pupitre, del cuarto y de todo aquello. Sin embargo, el timbre de la entrada suena sin freno y él, pausadamente, se acerca sin remedio a la puerta.

La mano tiembla cuando gira la perilla y cuando toma el telegrama que le entrega el funcionario de correo. Aterrado, comprende que asiste a un evento extraordinario, es la primera vez que alguien recibe un cablegrama en que resulta al mismo tiempo remitente y receptor. Busca en su bolsillo unos lentes que se niegan a salir, claro, la mano temblorosa hace difícil la tarea. Respira hondo. Frente a él, entre sus dedos, el lacónico mensaje: «Vete de mi casa».

Panamá América
Suplemento Día D
El Cuento D
9 de octubre de 2011

El último levante

Carlos Ramírez
JUBILADO Y ESCRITOR AFICIONADO


Pareció haber salido de la nada. Era una silueta que se fue materializando de la oscuridad para luego convertirse en persona. No en una persona cualquiera. Una mujer de sonrisa perfecta, ojos tan expresivos que transmitían el pensamiento sin necesidad de hablar. Tal fue la impresión que recobró la sobriedad y a la vez quedó hipnotizado como la proverbial presa de la cobra.

—¿Me has estado buscando, verdad?

La volvió a mirar de arriba abajo como para asegurarse de que era real y que no estaba soñando, ni era una alucinación producto del alcohol. Era bella y su atuendo provocativo lo hizo pensar que era una “miss” Universo vestida de prostituta; sin embargo, sus pasadas experiencias no recordaban una así. Con cara de ángel, de piel tersa y ligeramente bronceada. Su voz era dulce, y gravemente seductora. Había algo misterioso en su mirada, pero no quiso detenerse a analizar más, era la mujer más bella que había visto en su vida, y este hecho lo seducía más y más a cada instante.

---No... no te buscaba, pero…. me interesas. ¿Cómo te llamas?

—Etreum y ya no tendrás que buscarme más.

Se dio un instante para pensar bien sus próximas palabras.

—Nombre raro. ¿Latín o griego? Pero, ¿por qué una persona como tú anda por estas calles? ¿Tú no vives por aquí? ¿Cierto?

—Cierto, yo no vivo por estas calles. Vivo contigo. Día y noche.

—Como puede ser eso, si nunca te he visto.

La extraña mujer solo sonrió y Arnoldo trató de recordar cuánto dinero le quedaba en la cartera. Sabía que no era mucho, se había gastado casi todo el sueldo esa noche, con los amigos en el casino, los tragos, y la empalagosa morenaza que resultó ser un plomo. Tenía peluca y pestañas postizas. No se merecía lo que le pagó.

Estaba buscando las palabras para proponerle que lo acompañara, cuando el estridente sonido de la sirena de un auto patrulla destrozó el húmedo silencio de la madrugada y se asustó. Las luces rojas y azules giraban locamente rebotando sobre las paredes de los viejos edificios y la hermosa mujer le tomó de la mano y se lo llevó rápidamente hacia la oscuridad.

A la mañana siguiente mostraron en las noticias de la televisión un cuerpo cubierto con una sábana. Un joven ejecutivo de un banco había sido asesinado y le habían robado todo el dinero de su cartera junto con sus tarjetas de crédito. Los primeros indicios mostraban, decía el narrador de noticias, que había testigos que lo habían visto salir medio borracho de un bar cercano acompañado de una morena alta y delgada.


Panamá América
Suplemto Día D
19 de jinio de 2011

La Otra


Madelag
escritora
Indudablemente, era un caso desconcertante el de Martín. Nadie podía explicarse por qué un muchacho de carácter más bien apacible y tranquilo, había cometido semejante atrocidad. Pero lo había hecho.

Yo estaba en el sanatorio, a su lado, cuando se presentó la enfermera solicitando mi firma, para un permiso de ingreso. Tomé la pluma con mi mano izquierda, como siempre lo había hecho. Violentamente Martín me la arrebató mientras decía: _ ¡No, no lo haga! ¡Ella es mala y lo va a traicionar!

_ ¿Tú crees, Martín? _ dije_ aprovechando la oportunidad que se presentaba, para desentrañar el misterio que tanto nos intrigaba.

Martín continuó hablando… y esto fue lo que contó: “Él era un niño cuando murió su madre, y entró en escena la institutriz, Miss Powers. Los defectos, todos los defectos, tenían que desaparecer_ decía ella._ Ser zurdo era uno de esos.

Estaba escrito en las escrituras. ¡Esa fue la mano conque Judas señaló a Cristo! ¡No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha!, repetía incesantemente ,la institutriz.

Una tarde en el colegio surgió una violenta disputa. Martín arremetió contra su atacante, propinándole un fuerte golpe con la izquierda. De la herida, manaba profusamente la sangre. Martín recordaba con mucha lucidez ese suceso, porque fue esa noche cuando se libró la primera batalla entre su mano derecha y La Otra.

Él estaba acostado, sumido en dolorosas meditaciones. De pronto, sintió que una caricia suave y sutil recorría todo su cuerpo. _ Duerme tranquilo. Duerme. Yo soy tuya solo tuya_ le susurraba La Otra.

Así fue hundiéndose, sin angustia, en un mundo de deliciosas sensaciones. Sin embargo, se incorporó sobresaltado, porque su mano derecha apartaba, con rudeza, a La Otra de su cuerpo. Él aseguraba que la oyó gritar: ¡Impúdica!, ¡Descarada!, ¡Traidora! Pero La Otra era mala.

-De eso no tenía la menor duda. Todos, en la empresa en la cual laboraba, decían que él era un buen empleado, honrado y servicial. Era popular, solo que las muchachas comentaban, que era peligroso sentarse al lado de Martín, porque cuando había tomado unos tragos, se desdoblaba la personalidad de su mano izquierda; y ésta era bullanguera, atrevida, y pellizcaba.

Su distracción predilecta era ir al hipódromo con sus amigos. Pero cuando lo ascendieron a Cajero, se abstuvo de participar en esas reuniones que tan grata camaradería le proporcionaban. Nunca había tomado dinero prestado de la caja menuda de la oficina; aunque en varias ocasiones se responsabilizó por fuertes sumas. Sus jefes confiaban plenamente en él.

Un domingo, cuando estaba en la Agencia de Apuestas viendo las carreras, como distracción, La Otra se introdujo en el bolsillo de su pantalón; y luego agitó ante sus ojos un fajo de billetes que había ella sustraído, según dijo Martín, de la caja del comercio; sin que él se enterara. Martín jugó esa vez y juró que no volvería a jugar. Pero volvió a hacerlo.

Luego, en las noches, cuando las pesadillas adquirían toda su violencia, La Otra surgía nuevamente de entre las sábanas y lo acariciaba con voluptuosidad de mujer insatisfecha.

“Comprendí que estaba perdido. Además, ya eran varios los desfalcos y sabía que pronto habría una auditoría. Por eso, empecé a beber más y más”_ dijo Martín, continuando sin interrupciones su relato.

_“Esa noche estábamos los tres solos: la derecha, La Otra y yo. Comencé a actuar como si estuviera muy alegre. Bebía y cantaba a la vez, dejando que el licor corriera sobre La Otra. No sentía casi el cansancio, porque ya había concebido un plan. Solo me faltaba entablar comunicación con la derecha; y para lograrlo me reí a carcajadas, comentando mi infancia y mis temores.

Pobre Miss Powers dije con malicia – siempre recitando aquello de: “No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha!”, –dijo Martín. “Y no añadí más, porque ésta me dio un leve empujón para indicarme que había comprendido.

Juzgué que el momento era oportuno. Pretexté tener mucha hambre y me dirigí hacia la cocina.

Saqué el pan, el costillar de carne asada y el hacha de cocina para partirlo. Los coloqué sobre la mesa. La Otra, como siempre, golosa y atrevida se abalanzó sobre el pan. Yo creo que estaba borracha, muy borracha, porque no sintió ningún dolor cuando mi cómplice, dándole un hachazo certero, la cortó, separándola pare siempre de mí”.

El indio Zipo

Los congregados del hambre y las necesidades distraían el tiempo hablando de béisbol y fútbol, 
de boxeo y natación que ven a veces por televisión, 
porque no hay canchas abiertas accesibles 
al pueblo en todo el país.
Jairo Henry Pertuz Suárez
PA-DIGITAL

Eran las 11:30 de la mañana. Zipo Vaynara aguardaba, con paciencia, su impaciencia controlada. Había llegado a las 7:00 a.m. luego de recorrer un largo camino: 4 horas a caballo, 2 horas a pie, 2 horas en piragua y luego 6 horas en bus desde San José de David, cercano a la frontera con Costa Rica. Zipo procede de Kanquintú Arriba..., donde se atreven las águilas. Allá no hay vías, sólo las que apisan los seres humanos olvidados, los que sobreviven de sus tribus, comiendo guineo sancocha’o todo el año. Las demás vituallas son un lujo, por escasas e inaccesibles a sus posibilidades económicas, no de ahora, sino de siempre.

Zipo, descendiente puro de nuestra raza aborigen, tiene un sello como tal en toda su anatomía. Su rostro, desgastado por las penurias que le ha impuesto la civilización y el "crecimiento económico", mas no su edad. Solo tiene 29 años y muestra apariencia de 50 o más. Engastado en su rudimentaria vestimenta... cavila, mientras su mirada sombría, pareciera un ruego al Creador.

- Joven - inquirió Zipo a la extraviada funcionaria recepcionista del despacho..., ¿el Honorable me recibirá hoy? - A Zipo le daba igual que fuera legislador, diputado, ministro, autoridad competente, magistrado o director de las nuevas autoridades creadas. Al fin, ha recorrido tantos despachos y, en todos, lo miran por encima del hombro. Es un indio... sólo eso.- La recepcionista asintió... -Sí "tío", no se preocupe, él lo atenderá. - No dijo cuándo o a qué hora.

Zipo, acostumbrado a aguantar hambre, no se preocupó por la respuesta, mas le llamó la atención que le llamara "tío" alguien que nunca en su vida había conocido, ni era familia suya. Además, en la tribu y en sus caseríos, los menores de edad le dicen a los más viejos "señor". -La oficina se llenaba más de gente. Algunos denotaban angustia y ansiedad, otros convencimiento de que, hoy sí recibirían la respuesta positiva que desde hace año y medio, esperan.

- Juani..., dile al señor Pérez que venga la otra semana, - dijo una rubia teñida a la recepcionista. -Juani asintió con una sonrisa nerviosa más que penosa. -Una ayudante de recepción tomó asiento al lado de Juani y empezó a revisar la larga lista de nombres y mensajes que estaban escritos en una libreta dentro de un fólder (o file, a lo gringo).-

- ¿Quién es el señor Zipo?- Zipo levantó el índice del brazo izquierdo..., - soy yo, joven.

- Respondió el zurdo... -Dice el honorable que lo espere, que tuvo que salir al "lunch" con una gente.- El rostro noble del indio palideció más; si estuviera bien nutrido hubiera enrojecido.

Estoico, controlando su rebeldía ante las injusticias que padece él y su pueblo, guardó silencio. Tiene 3 días que ni siquiera ha podido comer guineo sancocha’o, como lo hace en su Comarca. Solo café negro con una hojaldre al día, lo que comen la mayoría de hambrientos negros, mulatos y mestizos en la capital.

La gente se apretujaba en la recepción refrigerada del vetusto edificio. Pareciera este el muro de los lamentos de Jerusalén en la sufrida Palestina. Todos con un ruego. Como si no lo merecieran como ciudadanos. Unos lo traen en la mente, otros, escrito en un papel y otros, en una tarjeta de recomendación con un brevísimo mensaje. Aún con todas sus angustias y preocupaciones, veían pasar en medio de ellos a exóticas funcionarias con aromas de perfumes caros y minifaldas, así como a ensacados "Licen", asesores bien pagados por no hacer nada. Los congregados del hambre y las necesidades distraían el tiempo hablando de béisbol y fútbol, de boxeo y natación que ven a veces por televisión, porque no hay canchas abiertas accesibles al pueblo en todo el país. Las que dejaron los gringos en Albrook fueron vendidas a Panamá Ports y al Ferrocarril. Esos únicos espacios para el pueblo fueron cercenados de un plumazo, con ventajas que producen millones para las transnacionales que compraron estas empresas. Con el dinero de la venta no se ocuparon de construir las 20 canchas cuyos espacios vendieron, construyendo otras, no 20, sino 30, tan necesarias para niños, jóvenes y adultos. Bueno, al fin, ¿a qué político o gobernante le interesa esto? Otros de los presentes hablaban de la vecina picarona, de la balacera entre pandilleros jóvenes cuyo futuro es el cajón de muerto o la cárcel superpoblada.

Hoy mataron a Calito-gun, pilla -, exclamó un espigado moreno. - El barrio ‘ta caliente, -sentenció- Sofía, con sus formas corporales expuestas en una licra, comentaba con Josefa -que ya ni arró pela’o podemo comé... too sube menos los sueldo y la oferta de trabajo... ya no sé qué hacé, - dice Sofía ... voy a tené que quemá más a José pa’ podé nivelá las carga, y a vé cuándo se acabará esta mierda de vida!...

-Así es mama, -consintió Josefa, - ‘ta ‘ta bueno de aguantá calla’o. - Hey, ya a la playa tampoco se puede i, que junto al río era lo único grati pa’ la familia... y a los pela’o los tengo que tené encerra’os como gana’o, poque... ¿a dónde van a ir?,- decía un interiorano, con su viejo sombrerito a la pedrá.

- Ustedes si tan alela’os... ¿cómo que no hay a dónde ir con lo pela’o?... Yo cojo mi bu con la mujé y lo’ tre pela’o y nos vamo pa’ Albroo... - Nadie me va a decí que no podemo entrá... -no pagamo na y tamo too el domingo en el aire acondiciona’o lapé... y lo pela’o monta lo caballito metálico a quara... - ¿Qué ma tú quiere? En Panamá tenemo de too, quejándote too el tiempo ..., si ahí ‘ta Albroo..., ahí ‘ta.

El tiempo seguía su curso y el envejecido Zipo, con los labios secos, notó que los "Licen" empezaban a salir después de trabajar haciendo nada. Las secretarias, con la bolsita de nylon en la mano se dirigen al servicio sanitario. Se acercaba la hora de salida. Faltaba media hora y tenían que estar listas para salir a recoger a sus hijos de las guarderías... y luego, someterse a la tortura y el peligro de viajar en buses diablo rojo de regreso al palomar que tienen por vivienda y que deben pagar por 30 años siendo que a los 2 ya se les está cayendo encima. Son 2 horas para llegar debido a los "tranques" que no causan las protestas de los obreros y los estudiantes, sino la falta de vías... y orden.

Zipo se preguntaba, - ¿por qué fui a votar en las elecciones? Nada cambia para mejorar. La situación de su gente y de la gente de la capital es insoportable.

- Antes de las elecciones, los políticos lo iban a saludar a su ranchito con una sonrisa, un suéter y una gorra. -No te preocupes, Zipo..., le han dicho desde que cumplió los 18..., -todo lo vamos a hacer bien..., tú verás.- ¿Y, qué es lo que ve, qué es lo que recibe? ..., nada.

Siempre escucha por el radio de la comarca, que el país está en pleno progreso, que hay un notable "crecimiento económico", pero ya ni sus matas de guineo crecen, pues hasta allá han llegado los "inversionistas" y montaron una explotación minera que acabó con los árboles y plantas, con los pájaros y las flores silvestres, con los peces y camarones de los ríos. Los niños y los envejecidos adultos están muriendo de gripe y vómitos, y, por sus conocimientos botánicos y de curandero, Zipo sabe que la contaminación mata, que la falta de atención a la salud y de medicamentos alopáticos es sólo la punta del iceberg. El problema está en la desnutrición de su pueblo. Él sabe que esto los está acabando.

Zipo se levantó de la sucia butaca donde ya casi estaba pegado de estar sentado esperando al Honorable para que lo atendiera. Tenía ya 10 horas de estar allí ese día.

Se acercó a Juani y le dijo: -Dígale al "Honorable" que ni siquiera es hombre, pues no tiene palabra. Que si cree en Dios, que Dios le pague o le cobre a él y a todos los que son como él.- y sentenció... - un día no muy lejano ya, saldré con mis bravos y nuestras flechas a exigir lo que nos corresponde..., nos aliaremos con los obreros, maestros y estudiantes para acabar con los abusos y la desidia... dígaselo así mismo, ya me cansé de pedir lo que nunca me darán por las buenas...-

Se fue decepcionado, frustrado, por la forma en que no lo atendieron, recibió el trato común que se le da a los indios, a los pobres de nuestro país. Fue una demostración más de la incapacidad y el poco importa con la mayor cantidad de la población. La desidia irresponsable que recibe como respuesta la mayoría de la población. Se fue meditando en cuál será el camino que deberán recorrer, él y su tribu, así como las demás esparcidas por todo el territorio nacional, como mendigando educación, salud y oportunidades. El lamento de Zipo fue un grito de batalla que desde el cerro más alto rugió como un trueno. Es la voz de los olvidados, los verdaderos dueños de nuestro país y su destino... la voz de los verdaderos americanos.

Panamá América
Suplemento Día D
8 de agosto de 2010

Al final del camino


Yohel Amat V.
Escritor


El cuerpo aplastado de su esposa yacía sobre su frío lecho de metal.

Se encontraba en la morgue del Hospital Santo Tomás y el anciano sostenía entre sus manos el rostro de la que hasta hacía unas horas había sido su compañera por más de 50 años, mientras las lágrimas rodaban por su arrugada cara.

Todas las quincenas, el anciano se dirigía hacia el supermercado 'Rey' de 'El Dorado' a cobrar su exigua pensión, la cual apenas le servía para comer frugalmente dos veces al día junto con Helena, su esposa.

A veces podían darse el lujo de comer carne una vez a la quincena y esa única ocasión para la pareja era como si se tratase de una cena de Navidad, pero acompañada de carne de res guisada, la favorita de ambos.

Helena nunca se quejó de una vida de trabajo duro en casa ni del salario de hambre que siempre ganó su esposo como encargado de la limpieza en una transnacional de la localidad.

Pero esa quincena fue especial.

El anciano se sentía enfermo de la gripe y no creía reunir las fuerzas necesarias para ir a cobrar.

Por eso - y aún en cama - le había pedido a Helena que fuese donde su compadre Daniel - el cual vivía en Calidonia- a pedirle $20.00, los cuales le devolvería después cuando hubiese cobrado.

Con ese dinero podrían comprar lo necesario - casi siempre "necesario" significaba arroz, porotos y lo justo para sazonar la comida -para poder comer aunque fuese por unos días.

A Helena no le gustaba mucho la idea, ya que ella era mujer de casa y durante décadas había disfrutado de las dulces mieles -al menos para ella- del trabajo en casa.

Y ello, a pesar de que los dos hijos de ambos habían partido hacia el extranjero en busca de mejores días, por lo que el trabajo en casa ahora era mucho menor.

Incluso, algunas veces sentía que no vivían en un hogar, sino que habitaban una catedral inmensa, fría y solitaria, donde cada vez que se hablaba en voz alta -situación cada vez más rara, ya qué casi habían desarrollado la habilidad de hacerse entender sin pronunciar ningún sonido- las mismas retumbaban por todos lados durante más de 5 minutos.

Sin embargo, el "Deber obliga", se dijo a sí misma, así que a regañadientes se dirigió a su cuarto para asearse y vestirse para salir. Eran las 7 de la mañana.

Helena nunca llegó a su destino.

Cuando la anciana estaba llegando a El Dorado, el chofer del ‘diablo rojo’ había hecho lo de siempre, o sea, hacer parada en el carril que no le correspondía, con la incomodidad y el peligro para los pasajeros de que al descender del bus se encontrasen en medio del infernal tráfico de siempre.

Helena había terminado de bajar del vehículo cuando, por un extraño azar del destino, se descuidó y no vio el taxi que venía a toda velocidad.

El impacto fue bestial, pero lo triste es que, producto del mismo, el cuerpo de la anciana había saltado en el aire y había caído en el otro lado de la calle; justo cuando venía otro ‘diablo rojo’, pero en sentido contrario. El cuerpo cayó delante del bus, siendo aplastado y arrastrado por varios metros, antes de que el monstruo de hierro pudiese detenerse.

Para muchos de los que presenciaron el aciago suceso, la mancha de sangre y vísceras que dejó la anciana tras de sí, mientras era arrastrada por el bus, se volvería algo que nunca podrían olvidar y que les causaría más de una noche de insomnio.

Ese día, toda una vida de convivencia había llegado a su fin. El cuerpo frío y triturado -pero cubierto por una sábana hasta el cuello- era la prueba final de que ambos habían llegado al final del camino.

El anciano empezó a cavilar sobre qué haría con su vida ahora que su mujer había partido. Además, sus hijos habían cortado todo vínculo y comunicación con ellos hacía mucho tiempo; llevándoles a pensar que se avergonzaban de sus padres y que habían preferido hacerse la idea de que habían muerto.

Mientras salía del hospital, iba meditando en su futuro en un mundo frío donde él no era más que un anciano desechable e inútil que ya había dado todo lo que podía. Después de detenerse a respirar, continuó cavilando profundamente, mientras se dirigía rumbo a la vía principal.

Súbitamente, una sombra oscura surgió en la esquina, portando un arma.

- "¡Dame la cartera o te mato, viejo inútil!" - le espetó el ladrón.

Era casi un niño y el revólver temblaba producto del nerviosismo que tenía.

El anciano no podía saber que era su primer robo.

Lo que sí pudo detectar fue el nerviosismo del muchacho y el hecho cierto de que estaba a punto disparar de ante cualquier susto que recibiese.

Mucho después, en la estación de Policía donde se encontraba detenido por asesinato, el muchacho en su declaración dijo nunca entender por qué el viejo había enloquecido de repente y se había abalanzado sobre él, gritando a todo pulmón y agitando los brazos, obligándole a disparar del susto.

Y lo más extraño, agrego el ladrón y ahora asesino, era que mientras el anciano se abalanzaba sobre él, tenía una sonrisa de oreja a oreja.

Panamá América
Suplemento Día D
23 de enero de 2011

La gargantilla de plata


Lupita Quirós Athanasiadis
ESCRITORA

El orfebre, reconocido en la comarca por su delicadeza y esmero, vivía con su mujer en la más retirada casita del pueblo y hasta allá se acercaban los que querían encargarle un trabajo delicado o una reparación de joyería. Pero a quien no le urgiera ir en busca de su inestimable trabajo, jamás lo visitaría porque todos odiaban el carácter desagradable de Dora, su mujer, y lo mal que trataba al pobre viejo.

Ella tenía compulsión por la limpieza, por eso siempre se la veía con una escoba en la mano.

Mujer, que ya no te queda nada por limpiar, deja en paz a las pobres arañas. No hacen ningún daño y además se comen los insectos. ¡Qué afán el tuyo por perseguirlas!

¡Claro, si fuera por ti, tendríamos la casa llena de telarañas! ¡Viejo bobalicón! ¡Habráse visto que te haya dado ahora por defenderlas!

Lorenzo era un hombrecillo corto de estatura, delgado, arrugado y sumamente honesto, cualidad ésta que exasperaba a su mujer, quien siempre le incitaba a que robara partes del oro o la plata a su clientela porque ella deseaba que él le hiciera un collar.

Él la amaba, pero nunca sería capaz de dejarse convencer para sustraer algo que no fuera suyo. Lo que sí hizo un día, sin saber bien el porqué, fue dejarse tentar cuando escuchó las apuestas a los caballos, con tan buena suerte que ganó una pequeña fortuna. El primer pensamiento que tuvo fue de arrepentimiento: ¿Qué hubiera hecho si en vez de ganar perdiera? Ciertamente él no se podía tomar ese tipo de riesgos, por lo que se prometió no volver a apostar. Su segundo pensamiento fue invertir todo en comprar el precioso metal para poderle regalar a su esposa lo que por tanto tiempo le había pedido. No le dijo nada y, en las noches, después de verla dormida se escabullía a su taller a continuar con su trabajo.

El día que terminó el collar, lo alzó ante sus ojos y lo observó muy complacido, nunca imaginó que él fuese capaz de realizar una obra tan primorosa. Se le acercó a Dora por detrás, le dijo que cerrara los ojos, le quitó la escoba de las manos y procedió a colocarle la gargantilla de plata.

¡Quita, viejo loco, qué chifladura te ha dado ahora!

Pero enseguida su voz se tornó melosa cuando sintió que era un collar. Después se acercó al espejo y admiró el valioso obsequio, aunque hizo un gesto de disgusto cuando vio que la gargantilla tenía la forma de las patitas de las arañas.

¡Vaya, pero qué manía con los bichos esos! Te perdono porque es de plata y te ha quedado preciosa. También me alegro de que hayas seguido al fin mi consejo de tomar poco a poco el metal a tus clientes.

Lorenzo no dijo nada, ni explicó lo de la apuesta. Se contentaba con ver feliz a su mujer, quien esa noche y todas las por venir dormiría con la gargantilla puesta.

Al poco tiempo, el orfebre murió y la misma noche de su funeral, cuando la viuda yacía dormida, la gargantilla de plata cobró vida y se apretó fuertemente al cuello de la infortunada, quien murió estrangulada por sus afilados garfios. Después, el collar se desabrochó, caminó por todo el piso de la casa y salió a esconderse en el hueco de un árbol, donde vivían los otros arácnidos.

Los relegados de la tierra

“Las flores sin perfumes
deben el llamarse flores a 
las flores perfumadas.”
Antonio Porchia
(1886-1968)

 
Alberto Cabredo
PA-DIGITAL


Esa mañana, contra toda lógica, se levantó como lo hacía en tiempos mejores, se arregló como solía hacerlo y salió al supermercado. Tuvo el cuidado de bajar las escaleras despacio, para evitar caer por causa de los escalones faltantes. Al salir, inicio la caminata con prisa, su afán era simple, hacer las compras de siempre para avituallar su casa. Era una tarea en que se esmeraba cada quince días. En esas ocasiones, solía canturrean bajito bajiiiito un párrafo de la canción Lamento Borincano del gran compositor Rafael Hernández que dice: “Sale loco de contento, con su cargamento para la ciudad, ay para la ciudad. Lleva en su pensamiento, todo un mundo lleno de felicidad, ay de felicidad”.

Llegó al Supermercado Lolita, lateral al Teatro Tropical, tomó una carretilla con una sonrisa radiante y dando los buenos días comenzó a llenar la misma con todo lo que requería en su hogar. En esta actividad consultaba con gran interés las ofertas, las fechas de vigencia, calidad de las frutas y productos perecederos. Concluido su recorrido, estacionaba la carretilla entre los anaqueles del establecimiento y se retiraba a su residencia.

El Gerente se limitaba a observar su salida y mientras reacomodaba los víveres, la cajera le increpaba su falta de acción ante este ritual que sin interrupción se repetía cada quince días. Él simplemente levantaba los hombros y le repetía: - No se irrite, es probable que su único hilo conductor con la poca cordura que debe quedarle, su único vínculo a la vida que tuvo y ya perdió, sea el sainete que monta en este supermercado. ¿Quién soy yo para destruir la ficción que mantiene sus pies aún pegados a la tierra?

Ninguno de los dos imaginaba que aquella señora medio compuesta y delgadísima, fue en su momento importante funcionaria de varios gobiernos y que inclusive, el país le debía significativos logros. Sin embargo, mermada su energía y perdidos los contactos, fue desechada como pieza defectuosa en fábrica de engranajes, y en consecuencia, mal vivía con una exigua mensualidad de la seguridad social en un barrio olvidado de la gracia de los dioses, siendo su único pecado - como el de todos sus congéneres – seguir viviendo.

Aunque no me crean, el viento tiene sus ironías y protestas (sólo hay que prestarle atención). Por eso, al verla caminando lento lentito de vuelta a casa, siempre le silbaba,sin que ella lo notara, otro párrafo de Lamento Borincano: “…Pasa la mañana entera sin que nadie quiera su carga comprar ¡ay! su carga comprar. Todo, todo está desierto, el pueblo está lleno de necesidad ¡ay! de necesidad.”

Panamá América
Suplemento Día D
El Cuentos D
10  de octubre d 2010

Duendes en El Chorrillo

SOLILOQUIOS
“El sol tiene una mano / metida en la cantina” 
Demetrio Herrera S.

Ernesto Endara
ESCRITOR

En la Casa de Piedra donde vivió el pintor Benítez nació “Mano de Piedra” Durán. En aquel vetusto caserón abundaba el arte y el coraje.

“Fuerte 18”, era el equipo de básket que representaba al Chorrillo. Su entrenador-director era Oliver Zachrisson, su abanderado “El Chino” Tom. Emocionantes batallas canasteras con el “BAM” de las Cervecerías.

Desde entonces en la placita de los aburridos, los menos aburridos de la ciudad saltaban de alegría cuando en sus tableros de dominó contaban la doble cena en un buen tranque. Muy cerca de los “quina y cuadra” puso su pequeño restaurante Carmen Weldein, un homo de buena calidad humana, que años más tarde sería vilmente asesinado.

La poetisa Diana Morán, delicada pero aguerrida, vivía cerca de la panadería que se hizo famosa vendiendo en grandes canastas de mimbre el crujiente “pan Diego”.

El cementerio Amador está en el Chorrillo. Mi abuelo y mi hijo duermen allí. Pero no quiero hablar de eso sino de algo más mundano. Una noche fuera de serie, fuimos a la cantina “Gina” con el boxeador “Marinerito” Celis que acababa de ser noqueado por Ismael Laguna. Pimpito Dutary, que no sé cómo era amigo de tantos boxeadores (entre ellos “El Gato” Bourne), había invitado al Marinerito para escuchar con interés lo que le pasó con el Tigre de Santa Isabel. Nos dijo con sencillez monagrillense que pelear con Ismael era pelear con una pandilla.

Acompañé a Pipiolo hasta el campo de fut de Barraza. Un boay estaba recostado a un poste del arco. Pipiolo le lanzó un cuára y el man lo pilló en el aire. Dijo casi con desgano. «Coge la tamuga que está allí» y señaló un envoltorio de papel de chino a sus pies. Pipiolo lo recogió y salimos en brisa. Vaya, vaya, así se vendía la “yerba santa” en el barrio.

Tuve dos amigas en el Chorrillo. “La Mona”, que conocí en “La Titanic”, cerca del Límite, nocturneando con Toti Guerrero y Mario Molino. Mujer fuerte pero tierna, tenía la lengua áspera como una gata y me levantaba en peso cuando bailábamos. A la otra, la pequeña y olorosa Iris, Fulele la sacó en primera plana de La Hora porque se le habían aparecido los duendes en el cuarto. Dormí allí varias noches. Mucho Carta Vieja, presas de pescao y canciones de Beny Moré. Le pregunté: «¿Y los duendes?», me contestó: «El duende eres tú mismo».

Panamá América
Suplemento Día D
3 deoctubre de 2010

El matemático

 
 
 
Lucía Kusial Singh
PA-DIGITAL

Tengo quince años y ahora mismo vivo (más bien pernocto) en un centro de corrección para menores. Siempre digo que quiero cambiar, pero también digo que nadie me va a agarrar de pendejo, yo soy yo, en la calle hay que jugar vivo. Estoy aquí porque me pillaron en una redada de la que no pude salir corriendo; nos sorprendieron ahí a boca de jarro. Estábamos en medio de, digamos, una “reunión”; el humo nos envolvía, con cada bocanada viajábamos hacia un mundo irreal, allí arrinconados en el piso frío de ladrillos ante la ausencia de muebles. Habíamos sacado sin paños tibios a los ocupantes de este cuarto para cogerlo de guarida para nuestras “reuniones”. Cada uno con la suya, pela’s como nosotros, pero más experimentadas, hechas mujeres a empujones, azuzadas por sus padrastros, acorraladas por los del barrio, no tenían salida… cercadas como en una encerrona.

Contaban que se sentían como carnada en pozo de tiburones y por ello les daba igual uno que otro… cualquiera. Nos las sorteábamos tirando al aire una moneda: cara o sello. Algunas tenían tatuado en la espalda, ahí donde termina la columna, el nombre de su hombre, ese que ellas creían iba a ser suyo para toda la vida. Ahí en esas reuniones diarias, todas las noches, había de todo, pasaba de todo.

Revisaron mi prontuario, descubrieron que robaba, vendía polvo; se dieron cuenta de que formaba parte de la misma banda que desde hace tiempo la Policía quería desarticular. Éramos el azote del área. La verdad, siento un orgullo que no puedo explicar cuando veo las miradas de miedo que provoco al pasearme por las calles portando, como una ametralladora, mi actitud desafiante llena de poder, ese superego, como una máscara, que me ayuda a esconder mis inseguridades, ese sentimiento que tengo allá bien metido en el fondo de mi alma, pero que no me sirve para sobrevivir en este barrio en el que me tocó nacer. Ese talante de supermacho que adopto a veces, me cuesta cargarlo, como esos pesos que te aniquilan robándote hasta el último aliento.

Si alguien me diera la mano, me enseñara, de corazón, que el mundo es diferente, otro gallo cantaría. Guerra en la calle, camorra en la casa. Ahí todos gritan a la vez. Violencia en la calle, violencia en la casa. Mi papá todo el día golpeando a mi madre, cuando llega borracho, quién lo aguanta, le barre la comida de la mesa a mi madre, la hace recogerla… Ningún vecino se mete, cierran sus puertas, bajan las cortinas. Ellos tienen sus propios monstruos, –ese que con su propia llave abre y cierra la puerta– dentro de sus propios cuartos.

Yo salgo a la calle con la rabia por dentro, disparándole al que sea. Es una furia en lo profundo, bien hondo, como si estuviera acunándose un huracán en mis entrañas. Las calles de mi barrio no son iguales a las calles de otros barrios: son violentas, son esquivas, son abrumadoras, son desconfiadas, son pobres, son caóticas, son infelices, son conflictivas, olvidadas, precarias; pero también son claras, directas, rebeldes, luchadoras, dignas. Sabemos amar, sabes, sabemos soñar, tenemos aspiraciones. Tenemos miedo, saben…, miedo al mañana, a que el mañana no llegue. Somos como soldados en guerra, combatimos de sol a sol, contra los de adentro, contra nosotros mismos y también contra los de afuera.

En el barrio me llaman el problemático porque resuelvo todos los problemas a golpes, no me detengo a pensar antes de actuar. Hasta cuando no puedo concentrarme haciendo la tarea golpeo la pared para no golpear a mi padre que está golpeando a mi madre. Me gustaría que en vez de que me llamaran el problemático me llamaran el matemático, mato por los cálculos de Baldor, pero no puedo detenerme en sumas estériles, tengo que sumarme a las filas de la banda que me “protege”. Transito por calles donde el cuerpo habla, un solo gesto puede significar la vida o la muerte, una sutil elevación del rostro puede ser una seña fatal, una mirada retadora puede desencadenar un duelo sin cuartel. Tengo que fijarme bien al lado de quién camino, puede convertirse en mi salvación o puede transformarse en mi condena. Debo dialogar con las balas para que se hagan las ciegas cuando se topan conmigo.

Hoy me enfrenté con la vida real, me sentía como en un tinglado librando la pelea de mi vida para la cual no había entrenado lo suficiente. Estoy aquí en el reformatorio jugando a ser responsable, dizque aprendiendo a trabajar, ellos creen que me lo estoy creyendo, la verdad no tengo más remedio que hacerles el juego. La cerca es bien alta, ojos vigilándonos por todos lados. La hierba está bien tupida, este güiro parece un avioncito, me hace recordar los que compraba mi papá en Navidades.

Él ahora es un mantenido, vive con una mujer que le da hasta para los cigarrillos, se la pasa acostado todo el día, vacilando por la ventana a las pelas del patio, mientras ella, su mujer, trabaja turnos… es azafata, saben. Mi mamá cree que todavía estoy chiquito, nunca me dice que no a nada, creo que le da lástima con nosotros –somos dos varones– porque crecimos sin papá. Ella misma es bien sumisa, lo único que hace es llorar cuando mi hermano le grita sin ningún respeto, cuando ella lo regaña por traer cosas a casa que no se sabe de dónde salen. Lo mataron, saben. Aquí estoy furioso, ansioso por salir para vengar la muerte de mi hermano, lo mataron en el barrio, un ajuste de cuentas. Pertenecía a una banda que mataba por encargo, el último que asesinó era hijo de un político que andaba en malos pasos.

Aquí en esta correccional estoy como en un limbo, esperando juicio por posesión de drogas. Me sorprendieron con un paquete que debía entregar, encargo por el que me pagarían muy bien. Robo a mano armada: acompañé a unos del barrio a asaltar un carro de reparto de cerveza. Términos bien pendejos: posesión de drogas, robo a mano armada, yo lo que estaba era vendiendo pa’ sobrevivir, pa’ comer, quién va a hacer un asalto desarmado ¿y si me queman?, muerto quedo. “Pa’ que llore mi mamá, mejor que llore la de él”.

Mi mamá purgó tres años de cárcel por mi hermano. Se inculpó. ¿Que por qué lo hizo? Prefirió sufrir lo que sufriría él, algo así como expiar sus culpas: la culpa de no haber sabido criarnos. ¿Pero saben qué? Ella también es víctima.

Por las noches, después de contarnos como a pollos, apagan las luces de esta cárcel, escucho el ruido de trancas, los pasos delatores del custodio sobre la baldosa resbalosa, quien en la penumbra parece una silampa, merodeando, esculcando en el silencio. Aprieto mi cruz, esa que llevo apretada a mi pecho, colgando del collar de oro que me regaló mi abuela, la mamá de mamá. Ella me mangongueaba, jamás notó que crecí, siempre me defendió de los demás (aunque yo tuviera la culpa), no me daba responsabilidades, me dejaba en la calle hasta la hora que yo quisiera, dizque para que me hiciera hombrecito. Cuando estábamos chicos, mi mamá salía a trabajar hasta los domingos y mi abuela nos llevaba a la iglesia donde había gran cantidad de gente; todos levantaban las manos, bailándolas, con los ojos cerrados. Adelante en el púlpito, un hombre vestido como nosotros predicaba alto, caminaba de un lado para otro gritando: ¡hermanos…!

En la penumbra de esta celda diminuta, miro la espalda descubierta de mi compañero de al lado. La tiene toda tatuada: Yo soy el rey, un corazón, una cruz, unas lágrimas, un guerrero, una espada, una virgen, un nombre de mujer: Cristina, un puñal, un rosario, un número, una carabela, un puño cerrado, el nombre de su madre (lo supe al amanecer, él me lo dijo) parecía un grafiti, de esos que pintarrajean por paredes abandonadas como las de mi barrio. Parecía un mapa de su vida, un recorrido, una súplica, una protesta.

¿Que qué quiero? Que alguien me enseñe a pensar antes de actuar, que alguien me muestre que el mundo es diferente, que alguien me diga cómo hago para ponerme en el lugar de las personas que hiero, que alguien me ayude a encontrar a quién quiero realmente, a quién valoro. Que alguien me guíe por el camino para aprender a controlarme, pero también quiero de los otros que me tomen en cuenta, que crean en mí, que no me rechacen, que no me excluyan. ¿Quién lo dice? Lo digo yo, El matemático.

Amarrada

 
Leocadio Padilla
PA-DIGITAL

Estoy sentada en la oscuridad con la compañía del miedo, de un temor que impide levantarme para salir corriendo, pero algo insociable aquieta el movimiento de mis manos, algo hosco aplaca mis piernas. Escucho el chillido de unos frenos y unos ligeros pasos que se acercan…

Hace días deserté de un grupo de asaltantes que todavía realiza visitas planeadas a las casas cuyos residentes se encuentran ausentes, pero están vigilados por los fieles amigos. Los habitantes de las barriadas comentan con mucho temor sus andanzas. Tienen como cómplices a los diarios que le han dado una popularidad inmerecida.

Empezaron a envenenar a los pobres perros para entrar por el patio, y así realizar nuestras fechorías. Qué culpa tenían los animales, no les costaba mantenerlos vivos. Podían haber encontrado una manera de robar sin matarlos. Ninguno escuchó mi queja.

Empecé a seguirlos. Todos los movimientos del grupo eran estudiados minuciosamente. Aprendí su hora de llegada y salida de las casas que eran visitadas. Cuando el grupo terminaba su faena de saquear yo entraba a recoger lo poco de valor que encontraba.

Una noche, cuando terminé de recoger mi parte, encontré a la salida un carro estacionado. No me había percatado de que tenía horas de estar frente a mi improvisado domicilio. Nerviosa deposité las bolsas negras en el basurero.

El enfrentamiento con los extraños visitantes era inevitable. Caminé hasta el carro para preguntarle acerca de la presencia de los dos. El chofer me midió con la mirada. Me contestó que eran policías. Mi duda se resolvió con la presentación de sus credenciales. Traté de disimular mi nerviosismo, era inevitable el enfrentamiento, tampoco podía correr.

Traté de controlar mi sorpresa cuando uno de ellos me pidió un vaso de agua. Aceptó mi invitación con una expresión de burla en los labios. No recuerdo cuando empezamos a caminar.

Cuando entramos a la casa, uno preguntó por los perros. Duermen profundamente, les dije. Pero miraron de soslayo hacia el patio donde permanecían acostados con sus patas bien estiradas.

Los invité al comedor y buscaron a su gusto los asientos. Miraban fríamente todos mis movimientos bañados de humedad.

-¡Basta de dramas!-uno se levantó y gritó. Me agarró. -Guarda silencio-, dijo. Me había apuntado con una escuadra niquelada.

-¡Me di cuenta de tus equivocaciones cuando abrías las puertas para buscar los vasos en el aparador, me susurró en el oído. Escuché del otro cuarto, la risa burlona que buscaba algo.

¿Qué has hecho? ¡No puedo dejarte sola!, le dijo. Siempre tienes que emerger esa sensación oculta que cargas como una enfermedad, dijo.

Cada uno de mis opresores me depositó un beso, en la frente. Ella, con su aroma de mujer volvió a impregnarme un beso en mis labios. No me sentí escandalizada. Me agradó el pequeño momento que viví. Buena suerte, me dijo, después de llamar a la policía.

Detrás de los ligeros pasos se escuchó el derrape de los neumáticos y las sirenas que se apagaban. Como en las series de policías que se transmiten por la televisión, la puerta se abrió bruscamente. Al entrar, la policía se sorprendió por la situación extraña y jocosa en que me encontraron. Estaba desnuda.

 
Panamá América
Suplemento Día D
19 de Septiembre de 2010
 
 

MICROEMPRESA



Alberto Cabredo
Abogado y escritor

-     Mire, una noche soñé que jugaba a la pelota con un niño en Paso Blanco. Aquella pelota era de periódicos y estaba atada con pedazos de soga y alambres, recuerdo que en el sueño jugábamos contra la necesidad, sí, de veraz, era una señora de vestido muy oscuro y cara cetrina. ¿Conoce Paso Blanco? esta a media hora de la ciudad, es un área invadida por cientos de personas, allí la desventura te acompaña como si fuese un apéndice de tu cuerpo. Te acuestas con hambre, te levantas a ver si comes, y si lo haces, ese día te toca una sola vez y mal. Me tuve que ir, me iba a morir (como ya han muerto varios). Dejé atrás esa muchedumbre que a fuerza de desesperanza lo racionaliza todo y jura que de tanto sufriendo saldrá algo bueno.

Así que, como le dije, yo escape de todo aquello y me hice autogestor, lo que llaman, un microempresario, y no crea que resultó nada fácil. En mi caso me propuse encontrar una fuente de material inagotable y gratuito para su rescate y oferta. Pero hay que madrugar para que no se te adelanten. Debes recoger la mayor cantidad de material posible antes que te lo impidan los demás. Para eso, me sirvo de una carretilla de supermercado que mejor ni le digo como obtuve. El material ferroso es el que resulta más útil, por su precio. Pero hay también verdaderos tesoros, la gente tira cosas increíbles, yo las rehabilito y después las vendo o intercambio.

El sol y la humedad son el peor enemigo en este negocio. Todo se va descomponiendo con gran rapidez y se dificulta la labor de cosecha. En este oficio trabajamos un número representativo de microempresarios – Mi interlocutor se ríe de la frase, que quieren diga, todavía me queda algo de orgullo - Por supuesto, hay material para todos y no me quejo, pues la camaradería es bastante buena. Fíjese que a la hora del almuerzo combinamos lo encontrado y se arman unas comilonas que ni se imagina. Eso sí, hay que tener un estomago de hierro y tolerar la nausea.

Con este pequeño negocio mantengo a mi mujer y dos hijos, bueno, les digo así. Ya venían con María cuando la conocí en el sitio de obra, que es como llamamos el área de recolección, pero de tanto cargar con esos chiquillos ya los siento míos. Han salido vivos los pelaos, y me ayudan de vez en cuando; con eso de que la primaria es obligatoria y gratuita me les quitan mucho tiempo. Allí mismo les conseguí uniformes, mochilas y otros artículos escolares. El problema son los zapatos, en el sitio se te pega de todo en las suelas y se terminan de estropear muy rápido.

Le cuento que hay enfermedades necias y la que cargo es terca. Me está dañando los pies y las manos. Emprender este oficio de reciclador independiente de material de desecho (ríeeete desgraciado, ojalá tu trabajo te dure para siempre) y empezar de una vez el escozor, las manchas en la piel, la caída de las uñas y el nacimiento de estas costras en todos lados.

Aquí los accidentes son el pan nuestro de cada día, hemos armado un botiquín y crease o no, la María a resultado tremenda enfermera, fíjese que saca fragmentos y hasta cose heridas.

La crisis mundial también a alcanzado esta industria, no se ría, no se ría, cada vez resulta más difícil rescatar valores para venderlos en el mercado,  por eso ahora me quedo en las noches. Duermo bajo cualquier cosa y apenas llega un camión voy a la carga.
La María se preocupa, dice que corro peligro, que me pueden hacer algún daño. Pero es raro encontrar por aquí algún desconocido, esta es una comunidad bastante cerrada.

oooo

Bueno, está bien, ya contesto su pregunta: - Esa noche hubo poco movimiento, yo estaba a la expectativa, se acercaba el horario de entrega de varios camiones, entonces, llegó aquel carro, un sedan oscuro, no preciso el color, la noche era de un negro cerrado. Los dos tipos se bajaron con un bulto bastante grande y lo echaron cuesta abajo desde uno de los promontorios más altos. Yo espere a que se fueran ve usted, ¿para qué tomar riesgos innecesarios?. En este oficio aprende a cuidarse uno. Bajé con cuidado a ver que era, pasito a pasito, y allí estaba, envuelto en un plástico y lleno de balazos… bien muerto. Le quite el saco y los zapatos, después de todo hay que respetar a los difuntos, no ponga esa cara, otros los dejan en calzones. Por allí tiran unos tres o cuatro al mes (ahorcados, acuchillados, asfixiados… fregados todos) Si los tapa lo vertido por un camión, con el tiempo, salen a la superficie o el hedor los delata. Yo avise al día siguiente. No debí decir nada, ahora estoy aquí, declarando sobre una cosa que no tengo idea, sólo vi que lo tiraron en el sitio, así que le repito por milésima ves que no sé cómo eran los tipos que lanzaron al muerto, ni por qué lo mataron.

¿Podría decirme cuándo me voy de aquí?, llevo horas en esto y yo no fui, ni sé que más contarle. ¿Qué me dice?, que lea mi declaración, bueno, a ver. Oiga joven, yo no soy ningún pepenador, quíteme ese título, yo soy recolector de material reciclable. Claro que me defiendo, no soy ningún bruto. Aquí donde me ve, todo haraposo, casi término el primer año de universidad; pero las drogas son una mala cosa sabe y me jodieron la vida. Ni la familia quiere saber de mí, quizás me juran muerto. Bueno, está bien, está bien, no voy a discutir eso de pepenador. Le firmo la declaración y adiós.

El funcionario de la Fiscalía Auxiliar le dijo a uno de sus compañeros: - Me huele que este va a pagar el pato, van demasiados ejecutados y alguien tiene que dar la cara. Cuanto apuestas a que no sale hoy de aquí.

El otro le respondió: - Como se te ocurre, eso no es así, quién te oye te cree.
-              Ya veraz, ya veraz, no se pierde nada y quedamos bien en los periódicos...

oooo

Afuera llovía copiosamente y María esperaba con el pecho apretado a que saliera su pareja, pero pasaba mucho tiempo y los chicos estaban en el vertedero, tenía que ir por ellos y regresar a ver qué ocurría. Adentro su hombre, vestido con la prenda del muerto, estaba impaciente, se llegaba la noche y tenía que irse a rebuscar en el Vertedero Municipal, no intuía que acaba de quedarse sin oficio. Ya lo reza el refrán: “Le chien le plus maigre est tout puces” (1).
oooo
(1)         Al perro más flaco se le pegan las pulgas.”

 

Fuente: Cuento de la Obra CALIGINE URBANA, la presentación será el 21 de octubre de 2010, a las 7:00pm. En la Librería Exedra Books

 

La fiesta del sótano



Enrique Jaramillo Levi
Escritor

Ni siquiera recuerdo quién me invitó, pero Iowa City es una ciudad pequeña y no me fue difícil encontrar el lugar. Se trataba de un sótano al cual se bajaba por estrechas y débilmente iluminadas escaleras en donde las parejas, de pie o sentadas, impedían el paso con sus cuerpos abrazados. La música estrepitosa y las luces sicodélicas que brotaban de abajo y alcanzaban la calle, iban atrayendo cada vez a mayor número de curiosos.

Algunos, sobre todo los no tan jóvenes, seguían al poco rato su camino, una vez satisfecho el afán de novelería entre el parpadeo de las luces.

Yo logré, con gran esfuerzo, romper los abrazos que se prodigaban las parejas y, metiéndome por entre aquellos cuerpos que ocupaban toda la longitud de la escalera, me encontré de pronto en medio de una reducida estancia. A un lado bailaban rock entre penumbras unas diez parejas. Un grupo musical formado por varios melenudos se zarandeaba del otro lado, siguiendo con el cuerpo el ritmo frenético de sus instrumentos. Atrás, una hilera vertical de luces de todos colores lanzaba sobre mí violentas intermitencias.

Por un momento permanecí de pie, sintiendo que las luces me partían en largas estrías calientes que, inexplicablemente, iban lacerando mi piel como innumerables serruchos. Las parejas formaron entonces un círculo a mi alrededor, incluso las que habían estado en la escalera, pues cuando me di vuelta, confundido, sintiendo un grato dolor en la carne rota, vi que la salida estaba despejada. No pude o no quise correr.

La música se hizo más intensa y yo sentí que me dividía, que cada estrato vertical de mi cuerpo iba adquiriendo independencia y que yo estaba presente en cada nueva parte que se desprendía de mi ser principal.

El centro de la rueda compacta, que ahora formaban los presentes, se fue poblando de réplicas mías que a su vez empezaban a integrar otro círculo menor. Yo seguía de pie frente a las luces que continuaban seccionándome y doliéndome y deleitándome hasta la parálisis.

Cerré los ojos para poder resistir mejor tanto dolor placentero, suponiendo que todo no era más que un sueño y que, como tal, no tenía por qué tener prisa alguna en despertar. Al abrirlos, la pieza que tocaban los melenudos se había hecho lenta y las parejas bailaban muy juntas. Ya no vi luces parpadeantes, sino una acogedora penumbra en el sótano.

El hombre que nos observaba desde el centro de la estancia, donde yo había estado segundos antes, tenía estampada en su rostro, para mí totalmente desconocido, la más aguda incredulidad. Sólo entendí su asombro cuando logré ubicarme nuevamente. Y mi sorpresa no debió ser entonces menos intensa que la suya, pues me di cuenta de que todas las muchachas de la fiesta bailaban pegadas a mí. Yo las sentía de muy diversas maneras junto a los muchos cuerpos idénticos que habían sido engendrados a partir de aquel otro que poco antes fuera único. Comprendí de golpe que el resto de los hombres que habían estado bailando al llegar yo, se hallaban congregados en el cuerpo del que ahora lanzaba miradas de odio a las múltiples formas de mi ser.

Después de haber apartado a las muchachas, nos dirigimos hacia el intruso y, obedeciendo a una sola idea, sin decir palabra, lo echamos de la fiesta.

Panamá América
Suplemento Día D
15 de agosto de 2010

El rey del truco soy yo



Dennis A. Smith.

—¡Ya puedo oler su pensamiento caballero!— apareció el indigente desde la banca cercana a los arbustos.

El hombre del sombrero de paja saltó del susto, pero su mirada quedó clavada en aquel raro personaje, ambiguo, desaliñado, con un aura grandiosa.

—He visto la forma en que observas al Parlamento Nacional… Sí, ese edificio vetusto sinónimo de corrupción, engaño y burla hacia el pueblo, que en vez de crear leyes decentes para el beneficio del Estado que representan, sólo garabatean escritos inservibles que a nadie benefician más que a todo el que está en el poder, pero el pueblo no olvida sus burlas abrasadoras.

—En efecto, todo lo que dice es cierto. No hay que ser tonto para darse cuenta de que el que pisa ese recinto queda inscrito en el libro de la corrupción— respondió el hombre del sombrero de paja—. Lo más triste es que el pueblo no puede quejarse de la clase de serpientes que se arrastran allá adentro porque el pueblo los escogió.

El indigente se presentó. El hombre del sombrero de paja se sintió en confianza al instante. Bajo un sol abrasador, junto al singular personaje, dio rienda suelta a su mente.

—Tengo una solución para eliminar el pobre y obsoleto edificio.

—¡Cuéntemelo, caballero!— dijo el indigente.

—Me pongo a soñar en ciertas ocasiones que convoco a una huelga general contra las atrocidades de los parlamentarios. Una marcha de cientos de miles de personas, entre niños, mujeres, ancianos, centrales obreras, sindicatos, agremiados en general y hombres de trabajo duro. Se acercan todos y rodeamos el edifico en pleno, cada uno en forma ordenada va dejando un trozo de madera seca a los pies de la estructura; al final de la tarde cuando el último manifestante haya colocado su aporte a la nación, se prenderá fuego a la gran hoguera y bailaremos alrededor.

—Magnífico deseo que comparto en todas sus dimensiones— gritó el indigente.

—Sin embargo, es sólo un simple sueño que nunca se hará realidad porque la corrupción y el robo de los bolsillos del pueblo siempre vivirán allí— comentó el hombre del sombrero de paja con una mirada desesperanzadora.

—Le contaré una historia, mi estimado caballero— susurró el indigente.

Se fueron sumiendo en el relato mientras el sol del mediodía se arropaba con las nubes que oscurecieron el cielo, luego un trueno, la lluvia; como esa lluvia intensa que caía a través de la ventana de la fortaleza de San Mauricio, el reino oscuro del Norte. Su emperador había gobernado el Estado por medio del terror, las influencias y la corrupción, se había enriquecido con los tributos e impuestos que le extraía al pueblo. En aquel día lluvioso, el guardián observó una sombra entre la bruma que solicitaba la entrada y una audiencia con el temido gobernante.

Una vez en su presencia, el extraño visitante se identificó: “A sus órdenes, majestad. Me desempeño en el entretenimiento y deseo trabajar para usted”. El rey lo miró con desdén. “Conque hechicería para el vulgo— respondió el tirano—. Seré misericordioso contigo porque hoy tengo una gala y en ella demostrarás tus habilidades para entretener, y más vale que seas bueno porque tu futuro sería la horca”. “Yo sólo deseo servirle” —prodigó.

Por la noche, cuando se desbordaba el vino y el lujo excesivo ardía en el aire, la gula fatal arremetía las almas de los que se vendieron al emperador que bailaba con todos y todas en el gran salón. Se presentó el forastero acicalado para la ocasión. Se paró en medio del recinto y desplegó su parafernalia circense con maestría. Los aplausos retumbaron en el salón. Para terminar la gran noche, pidió un voluntario para su acto sublime. Aunque varios entusiastas se ofrecieron, él se acercó insolente al trono y agarró al hijo del nefasto. Los guardias se le abalanzaron, pero el emperador, poseído por el alcohol, los apartó con una carcajada.

“A ver, hechicerito, muéstrame tus apestosas jugarretas— arengaba entre saliva y mareos—. No haces nada interesante para mis invitados”.

Colocó una silla en medio del gran salón y en ella sentó al heredero del trono, lo cubrió con su capa y pidió a todos los presentes que gritaran con él: “El rey del truco soy yo”.

Así mismo lo hicieron.

Expectativa en todas las miradas, risas e intrigas.

Al retirar con fuerza la capa, la silla vacía en el centro del salón paralizó a todo ser presente, mientras el cáliz de vino del emperador se estrellaba contra el suelo.

Luego de las torturas y el interrogatorio se condujo al enigmático personaje al patíbulo, pues nada lo había convencido de reaparecer al vástago del emperador. Iba sereno, con la frente en alto; una sonrisa dibujada en su rostro lo acompañaba. Estaba frente a la misma gente que lo aclamó esa noche y ante una muchedumbre que lo aceptaba como héroe, pues el emperador había cegado la vida de varios de sus seres queridos. Antes de que la soga se templara en el suave cuello, gritó: “El rey del truco soy yo”.

En un hermoso valle, sentado sobre la hierba, cortaba despacio una manzana que dispuso en un plato de madera, esperaba a sus hijas que venían corriendo junto a su esposa, ansiosas todas por abrazarlo. Brillaban con el sol, cada una más bella que la otra. Detrás aparecieron varios caballos. Eran los hombres del emperador. Las tomaron en frente de él, les hicieron oprobios y luego las dejaron sin vida en el valle.

El brujo de la comarca sólo pensó en la venganza desde entonces. Dando los últimos pataleos de vida, sonreía detrás del saco negro que le cubría la cabeza, pues logró su cometido.

Se acerca una gran manifestación, parecida a la que habían soñado. Luego de un mes de gestiones, lograron aglutinar a todas las representaciones de la sociedad en la gigantesca marcha que se fue ubicando alrededor del Parlamento. El indigente y el hombre del sombrero de paja la lideraban. Se subieron a un altillo y comenzaron a hablar. Los guardianes del edificio se preparaban para arremeter contra la multitud que ya estaba enardecida.

—¡Acabemos este día con los culpables de que se burlen de nosotros!— gritó el indigente— Cuando yo cuente hasta tres, todos ustedes gritarán: “El rey del truco soy yo”.

“Uno”.

A todas las personas les causó gracia la consigna, pero los ánimos estaban tan caldeados que estuvieron dispuestos. El hombre del sombrero de paja, desconcertado miraba al indigente guiar la concentración que tomó control de todo. El indigente lo miró y le dijo: “Nunca te dije el final de la historia”.

“Dos”.

El verdugo se acercó al cadáver del mago cuando ya estaba inmóvil, el emperador y todo su séquito observaban, retiró el saco negro de su cabeza. El emperador cayó muerto de un infarto al ver la escena. Allí, con los ojos y la lengua afuera guindaba de la horca su hijo; el heredero al poder.

“Tres”.

“El rey del truco soy yo”.

Y desapareció por completo el edificio, con todos los que estaban dentro.

Panamá América
Suplemento Día D
31 de enero de 2010


¡Achuuuuuuussssss!!!!!

Andrés Villa
Escritor

Ella se encuentra detrás de esas verjas que rodean su casa. Toda la belleza y el arte que plasmó el herrero se han convertido en sórdidos barrotes. ¡Ay! Su orgullo debe estar abatido, con lo presumida que es. Nadie, ni ella, ni yo pensamos vernos en esta situación. Es increíble que la casa, al lado de la mía, esté en cuarentena. En pleno siglo veintiuno, ¡ufffff¡ pero las pestes, y las pandemias son temas actuales, hay que lidiar con ellas.

Yo estoy convencido de que esos virus nuevos, que se propagan tan rápidamente, son la respuesta, el rechazo del planeta ante la presión del hombre. La naturaleza no se va a dejar vencer por la humanidad que ha ido muy lejos en su inconciencia, en su irrespeto por la lógica. El hombre, en su afán de hacerse rico, en su avaricia y la codicia de expoliar y sacar ventajas en negocios a costa del prójimo y de las riquezas ajenas, del abuso de los recursos naturales, se ha convertido en un insensato.

Yo creo que esto es sólo otro tanto que se anota el planeta, en una absurda y sórdida competencia de quién se hace más daño. Contra la emisión de gases que provocó el calentamiento global, la atmósfera respondió acentuando los fenómenos naturales, los meteoros como sunamis, huracanes, tifones, lluvias, inundaciones, ahora tienen dimensiones catastróficas. Todas las partes del planeta están en alerta contra el género humano. Los polos, congelados desde el comienzo de los tiempos, amenazan con derretirse y elevar el nivel de los mares, inundando las regiones costeras, barriendo todo lo que allí ha construido el hombre.

Pienso que primero fue el SIDA. Dicen que apareció en el Continente Negro. Allá, en muchas de sus regiones, los hombres todavía viven como en la prehistoria y tienen diferencias tribales tan radicales que se matan sin piedad. En ese cruel genocidio también han golpeado a la naturaleza y a los animales de manera indiscriminada. Yo veo que la cosa es ahora en el nuevo Continente. Es fácil comprender, que cómo no va a surgir un virus mortal en una ciudad de 20 millones de habitantes, que tiene contactos con todas las principales urbes del mundo. Ese virus es materia de exportación. ¡Ay papá! Los aviones son como probetas de laboratorio donde se cultivan esos gérmenes virales. Llegan a los aeropuertos y ¡zas! Todos abajo con los premios que a cada uno le tocó en el viaje. Cuando llegan a sus casas los viajeros llevan souvenirs y enfermedades. Increíble, pero cierto.

¡Oh! Pero veo a Sonia que sale al patio. Desde mi ventana puedo verla. Está colocando en el tendedero su ropa íntima. ¿La habrá lavado ella misma? Creo que debes ser la primera vez. Me parece que solo están en la casa Ella y su madre. Las empleadas tienen días de no venir. Ya entra. No la veo desmejorada. Está tan bonita aunque luzca esa ropa de entrecasa: “shorts”, blusita corta, el cabello anudado con un gancho y esas chancletas que le quedan tan bien y la hacen lucir lo bonito de los dedos de los pies con esas uñas que lleva siempre esmaltadas. Ya se va, entró a la casa.

Acá, en nuestra ciudad, el virus llegó y se propagó muy rápidamente. Cerraron escuelas y muy pronto fuimos los líderes en casos de contagios en la región. Los periodistas, ante la falta de noticias interesantes, se han dedicado a alarmarnos a todos y a llevar el conteo diario de los enfermos y a señalar las debilidades del sistema de salud gubernamental.

Pero no puedo comprender cómo Sonia es una de las infectadas. Ella tan bella. Es una mujer que debe sudar perfume francés. Su piel tersa y brillante, sus ojos grandes como almendras.

Eso es lo malo. Cada vez que me pongo a describirla caigo en lo cursi. Pero su belleza duele y una mujer así, con un cuerpo tan perfecto, no debe dar cabida a ningún virus.

Aunque no sé si en verdad está enferma. Dicen los partes médicos que las personas sospechosas de haberse contagiado deben pasar catorce días apartadas de todos, esperando a ver si evoluciona el virus. De ser así permanecerá en cuarentena, esa cantidad de días… cuarenta.

Ya pasaron siete días desde que llegaron a su casa los médicos con esos vestidos raros, blancos que los cubrían de pies a cabeza. Igualitos a los de las películas. Aquí la realidad supera a la ficción.

Y al que no he visto es a ese yeyesito de su novio. Si yo fuera el novio de Sonia, estaría junto a ella. Que me importa el virus ese. Ella necesita ayuda. Para eso están los parejos. Ese tipo no la merece. El amor no puede ser egoísta. ¿Cómo una mujer puede enamorarse de un personaje que se cree más bello que ella? ¡Ay, las mujeres! Como dice mi abuela, a veces piensan por donde orinan. Nunca había comprendido ese refrán como hasta ahora. Hay veces que alguno de esos refranes, que llegaron hasta acá en las carabelas de los españoles, continúan siendo muy ciertos.

Estoy convencido de que Sonia está enferma. Tengo días que no la veo ni salir al patio. Ya van 20 días y todos los de su casa continúan aislados.

La epidemia se ha ido extendiendo por la ciudad y dicen que los encargados de la salud, han perdido la capacidad de controlar los virus. Primero comenzaron a detectar los casos, y determinaron orígenes y los alcances del infeccioso virus y las rutas de sus respectivos contagios. Resultaron ser como los hilos de una extraña tela de araña. Pero las cosas se les fueron de las manos. Aparecieron demasiados enfermos y se les complicó el asunto. La epidemia se convirtió en pandemia. La ciudad es un caos.

¡Ay Alberto!, ¿Cómo se ha atrevido a entrar a la casa? ¿No sabe que estamos enfermas? Pero muchas gracias, estamos necesitando ayuda. Nadie contesta los teléfonos. No hemos recibido ayuda de nadie. Mi madre está muy mal. Pero usted es muy valiente en ayudarnos -.

La joven tenía la nariz húmeda y los ojos apagados, producto de la enfermedad. Se llevó la mano a la boca, para evitar salpicar, pero el estornudo surgió repentino e intempestivo. ¡Achuuuuuuuuuuuuu uuuuuuuuuuuusssssssss!

Sonia y su novio asistieron al entierro de Alberto. Este fue otra víctima del nuevo virus. El joven fue una de las últimas estadísticas fatales. Su cuerpo acogió el virus y sus defensas se derrumbaron por el contagio. La enfermedad así como vino se fue.

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